Cruzaba la estación, el cuello roído por un grupo de ratas hambrientas. Con el paso propio de un ser sin hogar, sin rumbo, avanzaba cabizbaja en la frescura del ambiente nocturno. A pesar de estar a pocos kilómetros de la ciudad, algunas estrellas se distinguían recostadas en los tejados, amontonados sin ningún orden preestablecido. Buscando manchas de petróleo en antiguos adoquines, descubrí a alguien quién creí, ya años atrás desterrado de mi mente. Era mi sombra y esa maldita unión irremplazable a nuestro cuerpo. Amistad tan consciente que acaba por difuminarse en el olvido. Una amistad que no se rompe con los pasos. El reflejo cálido de un ser desconocido.
L'herbe rouge du pays
Le vent, tiède et endormi, poussait une brassée de feuilles contre la fenêtre. Wolf, fasciné, guettait le petit coin de jour démasqué périodiquement par le retour en arrière de la branche. Sans motif, il se secoua soudain, appuya ses mains sur le bord de son bureau et se leva. Au passage, il fit grincer la lame grinçante du parquet et ferma la porte silencieusement pour compenser. Il descendit l’escalier, se retrouva dehors et ses pieds prirent contact avec l’allée de briques, bordée d’orties bifides, qui menait au Carré, à travers l’herbe rouge du pays.
Boris Vian, Herbe rouge
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