L'herbe rouge du pays

Le vent, tiède et endormi, poussait une brassée de feuilles contre la fenêtre. Wolf, fasciné, guettait le petit coin de jour démasqué périodiquement par le retour en arrière de la branche. Sans motif, il se secoua soudain, appuya ses mains sur le bord de son bureau et se leva. Au passage, il fit grincer la lame grinçante du parquet et ferma la porte silencieusement pour compenser. Il descendit l’escalier, se retrouva dehors et ses pieds prirent contact avec l’allée de briques, bordée d’orties bifides, qui menait au Carré, à travers l’herbe rouge du pays.

Boris Vian, Herbe rouge

dissabte, 9 de maig del 2015

1-4



Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos tres, cuatro.
El metal, que atraviesa un juego infantil
y las manos de un obrero requemadas.

Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres cuatro.
Una espesa lluvia de mosquitos
entretenida en una sucesión maníaca
de giro animal; una terraza ocre,
coloreándose con la humedad
de la ropa enjabonada.

Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres, cuatro.
Un amante apoyado en la barandilla,
codos torcidos
mientras fuma un nuevo tipo de tabaco;
se retuerce oyendo hablar, enfrente suya,
a una vecina del barrio.

Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos tres, cuatro.
El obrero, ya en casa,
con los codos torcidos.
Los mosquitos muertos,
en usinas despojadas de vitalidad;
el amante en el suelo,
pisando la tiza requemada,
de un niño que logró enfrentarse
al sudor de la infancia.

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