Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos tres, cuatro.
El metal, que atraviesa un juego infantil
y las manos de un obrero requemadas.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres cuatro.
Una espesa lluvia de mosquitos
entretenida en una sucesión maníaca
de giro animal; una terraza ocre,
coloreándose con la humedad
de la ropa enjabonada.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres, cuatro.
Un amante apoyado en la barandilla,
codos torcidos
mientras fuma un nuevo tipo de tabaco;
se retuerce oyendo hablar, enfrente suya,
a una vecina del barrio.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos tres, cuatro.
El obrero, ya en casa,
con los codos torcidos.
Los mosquitos muertos,
en usinas despojadas de vitalidad;
el amante en el suelo,
pisando la tiza requemada,
de un niño que logró enfrentarse
al sudor de la infancia.
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