Recuerdo que fue el primer viaje despegada de la mano de mis padres. En mi familia siempre se siguió la ley del arraigo, preferiblemente dentro de las fronteras de playa y sol. El primer día, un día de alteración prematura, los niños salían disparados de los pechos de los adultos que esperaban el avión de las 11 en punto. Las voces apagadas, aterradas por la inclinación de la vida que se abría en canal, entonaban un canto de libertad que rogaba el cambio entre costras mal curadas.
Llegamos a Praga, a sus luces pálidas entre estatuas de mármol silencioso. Podíamos inhalar la guerra y la lluvia. El sudor de los soldados que cayeron, el aliento que se les cerraba; y la lluvia perfecta se abría entre la sangre mezclada con el agua. La Arcadia renacida, paraíso de poetas suicidas, refrescando sus manos en puentes y versos callados.
Ay Praga, Praga, Praga...
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada